Hace poco, pude –no sé cómo- desembolsar la nada despreciable y dicho sea de paso, dolorosa suma de noventa pesos y pico para obtener a cambio (pues esto es capitalismo, por si no lo sabían) nada más ni nada menos que un libro, o digamos mejor, una novela: La Novela Luminosa. (Lo escribo así, en mayúscula, como corresponde a las obras mayúsculas).
Desde que terminé de leerla una vaga sensación de melancolía me gobierna; un aire apenas más duro que el aire, rodéandome y golpeándome a cada instante. Tiendo a creer que es Levrero, el fantasma de Levrero o su literatura.
¿Cómo explicar un libro así? ¿Un libro que, desde el vamos, se hace posible gracias al reconocimiento del propio fracaso? ¿Se funda y nace del fracaso, se alimenta y se expande con él?
Podría decirse que todo acto de escritura es haberse parado en el ancho mundo de las palabras, y por ese mismo acto, haberlas perdido, a todas y cada una. Podría decirse que decir una palabra es no decir las infinitas otras y es una renuncia a contarlo todo, a ser Dios.
Pero la historia sin embargo está ahí. Emocionando. Y ese recorte –ese trozo de finitud que Levrero nos deja- precisamente por reconocerse como tal, se parece demasiado a haber alcanzado por fin, algo.
Se parece demasiado a que la literatura traduzca la vida.
Se parece demasiado a la revancha (¿Viste Dios, que se podía escribir así?)
La Novela Luminosa es en su mayor parte el diario que Levrero se obliga a llevar a causa de haber ganado una beca para continuar un proyecto que había dejado inconcluso años atrás, muy atrás. Este proyecto consistía en narrar verdaderas epifanías, revelaciones de una dimensión desconocida, y por qué no, éxtasis místicos que el autor –quien mezclaba parapsicología, novelas policiales, historietas, misa y pornografía- había experimentado.
El mismo Levrero nos cuenta allí que una de estas experiencias “luminosas” lo indujo a divorciarse y a pagarse un tiempo largo de “cultura, alcohol, y prostitutas”.
En este diario que tiene casi 500 páginas, en contraposición a las apenas 100 que componen la novela que precede, el autor cuenta de su vida de soltero sesentón, cada día de su vida durante un año entero, cada vez que se cortaba las uñas y se levantaba de mal o buen humor, lo que almorzaba, lo que le dolía, lo que deseaba, todo un sinfín de cosas ininteresantes si no estuviesen escritas por la pluma del magnánimo uruguayo. Atención lector: una batalla entre dos hormigas en medio del living, puede ser lo más fascinante que leas en tu vida.
La Novela Luminosa es inequívocamente autobiográfica. No porque tengamos la certeza de que todo lo que allí se narra es verídico y constituye un pedazo de la vida del autor, sino porque sólo a partir de esa imposibilidad de certificarlo –sólo a través de la literatura- podemos experimentar a un hombre real.
Si tenemos en cuenta que dicha novela fue escrita en 2001 y Levrero falleció en el 2004, se comprende que el autor nos ha dejado sus últimas palabras, su testamento, la estela de su paso y su desaparición, abrupta, y fugaz, por esta bola flotante en la noche espesa y vacía.
Quizá sea eso –precisamente eso- lo que siento ahora, después de haber vivido junto a la novela. Que cada hombre refleja el cosmos, no porque el todo pueda reproducirse a cada paso en la parte, ni por omnipotencia, o por honor, o por grandeza, sino por destello, fracaso, materia ciega y sin plan, por irremediable nadería.







