a Julián Fava
Algunos mechones se deshilachan del redondo sol de su cabeza a causa de la brisa, como páginas de un libro que el viento recorre. Un libro secreto y profundo. Un libro cuyas verdades fueran tan densas y bellas que sólo cabría olvidarlo. Un libro que conociera tanto al viento, que fuera el viento. Ese mismo viento que ahora (en la soledad inmóvil y muda de la biblioteca) se le hunde en el pelo como una mano hundiéndose en la arena.
De vez en cuando una mano se posa en la nuca, una nuca blanda y suave, y después se retira para colocarse encima de la fórmica de la mesa rectangular y ancha. Tiene una remera violeta con una cinta lila que le cae sobre la espalda. Es de esas chicas que se visten de acuerdo a la propia personalidad sin tener del todo en cuenta los mandatos que, mediante una violencia sutil, feroz e incesante, a una ilimitada variedad de mujeres les impone el insaciable molde –siempre vacío, siempre incumplido- de la moda. Los pantalones son marrones y utiliza una especie de cinto amarillo que le ajusta la cintura. De las orejas –que sobresalen, apenas, del cabello- le cuelgan unos aros largos y angostos como estalactitas. Apenas, sólo a veces, la escuché decir alguna palabra que salía de esa boca gruesa y dulce, casi siempre inmóvil, aunque de una inmovilidad singular, inquietante, igual que un aguaviva en la orilla de una playa inmensa. Cierta vez vino con unos tipos que hablaban con ella, y se sentaron, todos, lejos, y aunque me esforzaba con verdaderas ganas no podía oír bien lo que decían. Parecían exagerar los ademanes con que acompañaban la charla, quizás a causa de la atención de ella –de esos ojos titilantes- o tal vez porque en la biblioteca está prohibido elevar el tono de voz. Uno era un hombre maduro, de unos sesenta años, larga barba y anteojos, que parecía un profesor. El otro era joven y afeitado, de un rostro semiinfantil, llevaba un morral cruzado al pecho y tenía dos o tres rastas en un pelo largo, rubio y lacio. La cara de éste era pequeña en el mentón y ancha en la frente; parecía un hielo que se desvaneciera en el agua por la parte hundida, o que el agua de la tristeza –el océano- lo iba comiendo desde más abajo hasta arriba. Había algo muy curioso en él, daba la sensación de que pronto fracasaría. El viejo, por el contrario, exhalaba tranquilidad y una leve felicidad o contento, tal vez una especie de calmada resignación asumida ya desde hacía mucho tiempo y adherida a cada rincón de su blanca y desvalida carne. A la inversa del joven (a escasa horas de ahogarse) el viejo, en cambio, parecía un muelle. Un antiguo muelle herrumbrado por el incesante viento y el incesante mar, con largas y profundas columnas aferradas a la tierra, atiborradas de berberechos y almejas inmóviles.
Recordé una foto que, cuando era chico, me impresionó desde las tapas de un diario. El brazo de un hombre sobresalía de entre las furiosas olas y cerca, muy cerca, una enorme multitud lo veía morirse desde la plataforma del muelle. El diario no decía nada del indecible terror que por esos años de mi inocencia, El Estado sembraba entre los jóvenes que creyeron en el peronismo, una multitud de adolescentes que crecía al calor de las luchas políticas en oposición a la parte exclusiva y acaudalada, siempre retrógrada, de la sociedad, una combinación letal de estancieros, especuladores de bolsa y fusiles militares, tortura eléctrica, violaciones, degüellos, asesinatos.
Claro que eso lo supe mucho después, pero en aquél entonces y a pesar de mi corta edad, en la foto del ahogado que paradójicamente innvisibilizaba la de los miles de adolescentes arrojados desde aviones al río, drogados con pentotal y todavía vivos, presentí la tragedia. Me encerré todo ese domingo en mi cuarto, y no quise salir por nada del mundo. Me llamaron a comer, y no contesté. Me llamaron con insistencia, y coloqué la mesa de luz contra la puerta de modo que ni mi padre ni mi madre pudieran abrirla.
Mi padre era gerente de una empresa reconocida en esa época (hoy no sólo es reconocida, sino enorme y desproporcionada) usaba constantes trajes y estaba muy poco en casa, recuerdo su perfume y su cabello negro, brillante, por las mañanas, y también su inmenso silencio y su notable desprecio por mi madre. Solía hablar de dinero y de su amigo Echegoyen, el señor Echegoyen, uno de los dueños de la empresa, un anciano de risa macabra y anillos dorados que solía tener en la casa cinco perros Doberman a los que cuidaba más que a las innumerables sirvientas, todas muchachas venidas del interior, que poblaban el lujoso –y a la vez vulgar- piso de la avenida Libertador. Mi madre, por el contrario, había sido maestra antes de que yo naciera, y es una mujer muy sensible. Ella es la única con quien yo pude hablar y reconocerme en mi vida. Ella comprendía mi manera de ser introvertida, mi amor desaforado por alguna chica del colegio, mi aversión a los deportes, mi manía de escribir cartas y cartas y leer con pasión a Julio Verne. La que siempre me defendía cada vez que algunos compañeros en el colegio me atacaban porque a los ocho años (con el tiempo logré curarme) en ocasiones, yo tartamudeaba.
Mi padre me decía dos cosas, dos o tres palabras son acaso todo el legado que tengo de Roberto Alchurrón: Cabecita negra. Y: Marica.
Lo detesté desde el primer momento en que tuve consciencia. Tenía para con él uno de esos odios que motivan, acaso, la inteligencia, que obligan, antes que a la destrucción implacable del objeto odiado, a la transformación radical del sujeto que odia. Supe, de una manera inconsciente, que, frente a la imposibilidad de aniquilar el mundo, (el mundo menos mi madre) cabía forjar una forma de ser que se les opusiera, (al mundo y a mi padre) y que eso era lo peor que podía hacerles. Si mi padre y el mundo –que tanto se parecían- amaban a los millonarios y con la misma devoción detestaban a todo aquél que no lo fuera, a todo aquél que no se dedicara a esclavizar, a humillar y a servirse de los otros, yo me dedicaría a la calmada epifanía de los libros, a ver la belleza siempre en los perdedores y a volverme, con orgullo, uno más de ellos. Así fue que, llegado el caso, a la hora de decidir mis estudios universitarios, opté, primero, por buscar –si bien gracias a la empresa que empleaba a mi padre no necesitaba en absoluto del dinero- un puesto en las fábricas, que finalmente encontré en una metalúrgica. Allí aprendí la diaria humillación y el maltrato, el constante hostigamiento del invisible látigo en el lomo, y también de la solidaridad de los pobres. Perdí, también, uno de mis dedos, y gracias a ese hecho afortunado pude evitar el servicio militar obligatorio que mi padre recomendaba fervientemente para las personas como yo. Según él, el servicio militar obligatorio (la colimba) constituía la solución a todos los males de la juventud, una forma de hacerse, lo que se dice, “hombre”. El estaba preocupado porque yo tenía un amigo homosexual, con el que –él no lo sabía- habíamos practicado unos besos en la soledad de mi cuarto, y eso lo enfurecía más que cualquier cosa, llegó a prohibirle a la entrada a mi casa en una escena patética llena de insultos y puñetazos contra la pared (quizá la única virtud de mi padre fue que nunca me pegó) y el llanto de mi madre. Por esa época yo tenía dieciocho años. Ya trabajaba en la metalúrgica. Ya había perdido un dedo. Ya sabía que no haría el servicio militar. Me gustaban las mujeres, pero tenía una idea general del amor fundamentada en la metafísica de una canción que solía escuchar todas las noches, invariablemente. La canción de Moris decía entre muchas otras cosas:
/Miro a mi abuelo/El era muy viril/Pero igual que yo/Era hombre o mujer/Diganme ustedes/ Dueños de la moral/La voz de esa viejito/¿Es de hombre o de Mujer?/
Y hacia el final: /Cuando mueres un instante/Porque estás con ella al fin /Cuando abrazas a un amigo/Y lo quieres más que un Dios/ Están ciegos o son idiotas/ ¿O qué es lo que pasa aquí?/
Moris postulaba, sin saberlo, toda una ontología. Para él no había géneros determinados, ni las cosas, tampoco, estaban nombradas de una vez y para siempre, es decir, no importaba que fuera ella o él mientras estabas feliz. No importaba nada más que la intensidad del instante. Tal vez antes que Deleuze, Moris rompía con la forma representacional de ver el mundo. El colibrí que toma el néctar de la flor no sabe que es un colibrí y que lo otro es una flor, la realidad, más bien, antes de ser una combinación de cosas fijas y dadas, es un fluir incesante, algo así como un momento colibríflor sin cesuras, sin interrupción. El hombre que hace el amor con otro hombre o con una mujer, en aquél momento, no se detiene a pensar que él es un hombre o ella una mujer, y ella o él hacen exactamente lo mismo, simplemente acontecen, se dejan llevar por la verdadera realidad subterránea y definitiva de lo que sienten.
No creí jamás en Dios. Pero creí que Dios estaba en el amor. No fui ni hippie ni montonero, ya era tarde para eso, pero lo hubiese sido con gusto.
Tiene dedos largos y finos, y los brazos angostos, rulos, una serie de ondas que retienen un momento el fluír del cabello y en un instante se lo devuelven con fuerza y contundencia, como el agua de una catarata que se dispersara en el camino y luego volviese, toda junta, a caer al agujero de mis ojos.
Hace un mes que llevo observándola, desde que empezó –quién sabe con qué motivos- a frecuentar esta vieja y pequeña biblioteca de barrio. La primera vez, entró con paso decidido y antes que mi cerebro pudiese procesar el impacto que me estaba generando, se paró en frente, abrió su boca inquieta y me habló:
-Disculpe –dijo-. Ando buscando unos libros que anoté en esta lista –revolvió el bolso azul y arrugado que llevaba colgado del hombro derecho, y se escuchó un ruido lo bastante fuerte y molesto que al principio no supe reconocer, pero que identifiqué luego cuando levantó el manojo de llaves que se le habían caído-. Por algún lado debe estar –seguía revolviendo, ahora había metido todo el brazo en la boca del bolso. Yo le hubiese dicho que perdiera todo lo que quisiera, que, en rigor, me encantan las mujeres desordenadas. Pero me quedé esperando que ella encontrara la lista-. Por algún lado. Mierda –dijo de pronto, y ví un fugaz destello brillante sobre sus ojos-. Mierda. Mierda. Mierda –repitió. La noté desencajada y bonita. Pálida y alta. Le dije que no se preocupara, que si se sentaba y buscaba bien ya lo iría a encontrar, y después levanté y bajé la palmo de la mano dos o tres veces, en al aire, y le susurré que disminuyera el tono voz. Traté de ser amable. Pero, en cuestión de mujeres, y de mujeres de ese estilo, es decir, en cuestión de verdaderas apariciones de Dios, soy un completo idiota, y creo que al menos en ese momento no le caí simpático. Entonces se me ocurrió decirle que, de todas maneras, sino encontraba lo que buscaba, le podía recomendar algo para leer para que no perdiera el tiempo. Su rostro cambió, y entonces percibí esa inmovilidad paradójica, inquietante, que a veces veo en ella, un temblor soterrado que amenaza con desvanecerla en el aire-. ¿Y qué me recomendás? –dijo, con cierto tono de desafío. –Casarte conmigo –le dije. Un rubor súbito le invadió las mejillas y bajó la mirada. Entonces, en un rápido reflejo, le alcancé un libro que tenía a mano, y que yo estaba leyendo. Lo puse sobre el mostrador (durante todo el rato nos separó el mostrador detrás del cual trabajo) y comenté: -Roberto Arlt. Cuentos.
Tomó el libro, dio media vuelta y se alejó hasta una de las mesas. Allí se sentó por horas a leerlo y yo la observé durante toda la tarde.
Pasaron dos semanas antes de que volviera, y yo ya me había olvidado, casi, de la situación, olvidado también de mi mismo en la vorágine diaria de las cosas cotidianas. Para llegar a la biblioteca, tengo que tomar el colectivo 53 hasta Puán y Rivadavia y una vez ahí bajar hasta la estación del subte de la línea A, que, en 9 de Julio, tiene combinación con la línea B, y entonces viajo dos estaciones y salgo finalmente a la altura de Corrientes y Uruguay. Todo el trayecto, si tengo suerte, lo hago en una hora y media. Trato de estar temprano, pero las noches en que escribo se me hace imposible; me acuesto a las tres, cuatro de la mañana, y pongo el despertador a las 8.AM, que luego, al despertar, a las 8.AM, lo cambio a las 8: 15, y a las 8:15 a las 8:30, lo que en general me retrasa por lo menos media hora. Todas las mañanas, esa especie de lucha fatigosa entre el sueño y el deber, que termina en una especie de acuerdo mutuo, no del todo feliz, de media hora de prórroga. Por lo menos en la biblioteca no tengo que fichar. Ultimamente, se suma una preocupación central. Hace mas o menos dos meses, recibí una llamada a las dos de la madrugada tras la cual escuché la voz temblorosa de mi madre, diciéndome que me amaba, y colgó. Devolví la llamada pero no atendió. Esa noche me tomé un taxi hasta su casa (hasta la que había sido mi casa de la infancia) y la encontré despierta. Hacía bastante tiempo que no la visitaba. Al ir llegando al barrio, me inundaban, poco a poco, algunas sensaciones indefinidas pero no del todo irreconocibles, una vaga melancolía que me hablaba de mis amigos de siempre, a los que por diversos motivos, no ví nunca más, o de esa nena rubia de quince o dieciséis años, de ojos color caramelo y brazos flaquitos, que me enseñó a decir y a sentir por primera vez que algo, en el mundo, valía la pena, Natalia, mi primer amor, a la que jamás olvidé. Sin duda, yo lo presentía cuando pulsé el timbre de mi antigua casa. Mi madre abrió enojada. Cómo iba a viajar hasta esas horas de la noche. Acaso estaba loco. Si al otro día tenía que ir a trabajar. No es nada mamá. Me preocupaste. Pero si no tenía necesidad de viajar hasta allá. Si ella estaba bien y sólo había llamado para ver cómo estaba y la comunicación se cortó y te conozco bien, algo querías decirme mamá, nada, saber cómo andabas y el llanto atragantado y mi abrazo desmedido, infinito, cerrado sobre su hombro, cubriéndola con mi cuerpo, como si hubiese querido protegerla de la muerte como de la lluvia.
Apareció dos semanas después y me solicitó el libro de Roberto Arlt. Sonreí, de alguna manera pensé que si le gustaba el libro eso decía que al menos una parte de mí, al menos la parte de mí que le recomendó el libro, no le desagradaba del todo. Sólo faltaba tiempo para que esa parte contagiara a las otras partes, y ella me aceptara entero. Aunque, la verdad, apenas la conocía. Aquél día, al irse, como al descuido, me dejó una nota sobre el mostrador. “Esther Primavera”. Esther Primavera es un cuento de Arlt en el que, un hombre tuberculoso, recluido en un hospital de moribundos, rememora continuamente a una mujer que conoció en su juventud, una mujer que pudo haber sido el amor de su vida, pero que no lo fue por razones deliberadas; el joven decide humillarla, alejarla de sí para siempre, y eso se da, paradójicamente, por el amor que siente por ella. Comprende que de ese modo quedará indeleble en el recuerdo, y que la verá siempre joven y esplendorosa, indemne de las enfermedades, de la decrepitud del cuerpo y del alma, del implacable paso del tiempo. Triunfalmente, la memoria de Esther es el único alivio en sus días finales.
Arlt llega a un punto magistral en el que el amor y el odio se identifican y se hacen, casi, indiscernibles.
Luego de que me dejara la nota, siguió visitando la biblioteca, una vez por semana (una de ellas con aquellos dos hombres, el muchacho y el viejo, el hielo y el muelle) pero nunca me dijo más nada. Se sentaba sola, como ahora, a leer el libro y yo la miraba incansablemente.
***
Me acaban de informar que hay una llamada para mí. Deberé entrar en la pequeña oficina de la biblioteca y levantar el tubo. Me temo que oiré lo inevitable. También presiento, no sé bien por qué, que hoy es el último día que ella viene a la biblioteca.