miércoles 28 de octubre de 2009

LEVRERO






Hace poco, pude –no sé cómo- desembolsar la nada despreciable y dicho sea de paso, dolorosa suma de noventa pesos y pico para obtener a cambio (pues esto es capitalismo, por si no lo sabían) nada más ni nada menos que un libro, o digamos mejor, una novela: La Novela Luminosa. (Lo escribo así, en mayúscula, como corresponde a las obras mayúsculas).
Desde que terminé de leerla una vaga sensación de melancolía me gobierna; un aire apenas más duro que el aire, rodéandome y golpeándome a cada instante. Tiendo a creer que es Levrero, el fantasma de Levrero o su literatura.
¿Cómo explicar un libro así? ¿Un libro que, desde el vamos, se hace posible gracias al reconocimiento del propio fracaso? ¿Se funda y nace del fracaso, se alimenta y se expande con él?
Podría decirse que todo acto de escritura es haberse parado en el ancho mundo de las palabras, y por ese mismo acto, haberlas perdido, a todas y cada una. Podría decirse que decir una palabra es no decir las infinitas otras y es una renuncia a contarlo todo, a ser Dios.
Pero la historia sin embargo está ahí. Emocionando. Y ese recorte –ese trozo de finitud que Levrero nos deja- precisamente por reconocerse como tal, se parece demasiado a haber alcanzado por fin, algo.
Se parece demasiado a que la literatura traduzca la vida.
Se parece demasiado a la revancha (¿Viste Dios, que se podía escribir así?)
La Novela Luminosa es en su mayor parte el diario que Levrero se obliga a llevar a causa de haber ganado una beca para continuar un proyecto que había dejado inconcluso años atrás, muy atrás. Este proyecto consistía en narrar verdaderas epifanías, revelaciones de una dimensión desconocida, y por qué no, éxtasis místicos que el autor –quien mezclaba parapsicología, novelas policiales, historietas, misa y pornografía- había experimentado.
El mismo Levrero nos cuenta allí que una de estas experiencias “luminosas” lo indujo a divorciarse y a pagarse un tiempo largo de “cultura, alcohol, y prostitutas”.
En este diario que tiene casi 500 páginas, en contraposición a las apenas 100 que componen la novela que precede, el autor cuenta de su vida de soltero sesentón, cada día de su vida durante un año entero, cada vez que se cortaba las uñas y se levantaba de mal o buen humor, lo que almorzaba, lo que le dolía, lo que deseaba, todo un sinfín de cosas ininteresantes si no estuviesen escritas por la pluma del magnánimo uruguayo. Atención lector: una batalla entre dos hormigas en medio del living, puede ser lo más fascinante que leas en tu vida.
La Novela Luminosa es inequívocamente autobiográfica. No porque tengamos la certeza de que todo lo que allí se narra es verídico y constituye un pedazo de la vida del autor, sino porque sólo a partir de esa imposibilidad de certificarlo –sólo a través de la literatura- podemos experimentar a un hombre real.
Si tenemos en cuenta que dicha novela fue escrita en 2001 y Levrero falleció en el 2004, se comprende que el autor nos ha dejado sus últimas palabras, su testamento, la estela de su paso y su desaparición, abrupta, y fugaz, por esta bola flotante en la noche espesa y vacía.
Quizá sea eso –precisamente eso- lo que siento ahora, después de haber vivido junto a la novela. Que cada hombre refleja el cosmos, no porque el todo pueda reproducirse a cada paso en la parte, ni por omnipotencia, o por honor, o por grandeza, sino por destello, fracaso, materia ciega y sin plan, por irremediable nadería.



miércoles 23 de septiembre de 2009

Refutando tenembaums




La televisión, digámoslo de una vez, es una reverenda cagada. La miro, y del mismo modo que Victor Larzona, (el personaje rocker de Capusotto cuyas letras frías y conceptuales viven sin embargo en pugna con su corazón hedonista y cumbianchero) a veces mi dedo presiona el número de canales y programas que detesto. Ya conté aquí cómo muchas veces me quedo embobado frente a ese inextirpable organismo maléfico, llamado propiamente, no cáncer, sino María Laura Santillán.
También hay otros, Jorge Rial, Tinelli, Susana, Legrand, Cassella, Suar, en fin, la misma hiperacostumbrada mierda. Porque eso es lo grave, desde que uno nació, prácticamente, lo fueron haciendo ver siempre lo mismo y no es que uno sea simplemente un animalito, sino que mas bien, como decía Aristóteles, es un animalito racional, es decir, alguien que puede saber qué es lo que no le conviene y sin embargo, contra todos los pronósticos y alarmas mentales, hacerlo. El corazón, la bestia interior, te dice: A. Tu cerebro contesta: B. Y la mayoría de las veces la terminás cagando ¿Por qué? Por hacer lo que toda novela de Cris Morena recomienda: obedecer al corazón.
El sofisma que replican los defensores mas vergonzantes de nuestra T.V es que nadie puede criticar a la televisión o a algún programa en particular, porque alegremente está la opción de cambiar de canal, es decir ¿Por qué lo critica si en realidad lo ve? Falsa y subrepticiamente se plantea que nadie puede criticar aquello mismo que ve, o que ver y criticar son cuestiones antagónicas y excluyentes.
Danger: ver y criticar son cuestiones antagónicas y excluyentes.
Esto sólo puede plantearse en la creencia de que la percepción es neutral y pertenece antes que nada al mundo físico encontrándose alejada del universo simbólico. Hay toda una ontología –es decir, un modo de entender el cosmos- en esta retórica simplona de los abogados de la televisión.
¿Quién puede criticar al estómago, por tener hambre? ¿Quién puede criticar a los pulmones, por necesitar aire? ¿Quién puede criticar al ojo, por simplemente ver?
No es así, sin embargo, y ya es muy dicho que todo hecho humano está entretejido indisolublemente con el lenguaje y que, si bien no puede criticarse al estómago, sí pueden criticarse los motivos del hambre, y de la misma manera puede replantearse, no que el ojo vea, sino aquello que el ojo ve.


En un cuentito muy raro que escribí hace poco, digo lo siguiente:


“el ojo es un prejuicio automático; ni bien entra el primer rayo de sol y se procesa, en el circuito cerebral, en imagen consciente, se produce no una visión, sino un conjunto de saberes y significados mezclados, aunados con el efecto físico que les hace de soporte; la luz.
No existe luz sin ojo, ni ojo sin prejuicio, sin significado, sin historia.”


Se trata precisamente de eso, de saber que, si en apariencia uno reacciona automáticamente ante determinados estímulos, esto no quiere decir que la total significación de ese acto pueda reducirse al mundo físico y que, por el contrario, cabe la posibilidad de que la historia y la política, la ideología, puedan determinarnos también en gran medida. Pues bien ¿Cómo es que miro a María Laura Santillán, y conozco, no obstante, todo lo detestable que es y que representa?
Hay una gran tradición de cosas que me lleva a ello. Fui acostumbrado, y quién dice esto puede decir, obligado, desde mi más tierna infancia porque la televisión misma es así desde que tengo la edad que tengo. Porque casi nunca hubo otra cosa.
Hay un corazón que se construye socialmente y por lo general no se trata del sentimiento puro y angelical, innato, del que se hace tanta apología estos últimos tiempos: los noticieros, con sus notas hiperdemagógicas, las novelas y aún, si lo pensamos bien, el mismo rock barrial, se fundan en este culto irracional de lo espontáneo directamente homologable al paradigma de la sinceridad y lo auténtico. Por eso es necesario comprender que la espontaneidad puede ser también falsa, y precisamente por irreflexiva, es aún más sospechosa de haber sido socialmente construída.
Cuando los periodistas de Tn argumentan que nadie le pone un revólver en la cabeza a “la gente” para comprar Clarín, están proponiendo la ficción de un plano ideal donde el único impedimento a la lectura es estrictamente el riesgo físico, y así asimilan, otra vez, sutilmente el acto de leer, con el “orgánico” de simplemente mirar o ver. Pero afortunadamente el hecho de la lectura nos demuestra con claridad hasta que punto están entralazados lo intelectual y lo corporal, y así uno puede cuestionar –es legítimo cuestionar- que si bien no hay revolver en la cabeza impidiendo que el ojo vea, sí hay maneras de dirigir intencionadamente lo que el ojo ve.

miércoles 9 de septiembre de 2009

LA EXTRAÑA INVENCIÓN DE ESE HOMBRE LLAMADO ARLT



Yo, que soy la nada, de pronto pondré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes, secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardacárceles, coches celulares, y nadie verá un desdichado sino un hombre antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad ¡Eso sí que es curioso! Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia.
 Los siete locos.


Estoy finalizando Los Lanzallamas, la obra de Arlt que secunda a Los siete locos y que es una cosa genial, colosal. ¿Qué decir de Arlt que probablemente no se haya dicho? Y sin embargo, a pesar de tanta información previa acerca de la obra, uno lo sigue leyendo ¿Y cómo es que uno sigue leyendo un texto que, de antemano, está sobreinterpretado, por otros escritores, o críticos, charladores de café y etc.,? Ah, mi amigo, no lo sé. Esa es la magia de la literatura. Supongo que tiene que haber un reducto impenetrable a la crítica en el momento de la lectura –algo así como una suspensión del juicio- y es precisamente a partir de ahí donde encontramos ese goce indecible que nos proporciona un buen libro; en este caso, una especie de monstruo inclasificable. El mismo autor era una verdadera bestezuela escribiendo a pesar de las circunstancias ¡Y a los 28 años! una de las cumbres de la literatura argentina.
Arlt, para colmo, es demasiado consciente de su originalidad y talento, lo que, en vez de alardear y fructificar la pose, le permite por el contrario apuntalarse una seguridad a toda prueba para escribir aún en medio de opiniones desfavorables y ninguneos canallas. Como el mismo lo cuenta en el prólogo a Los lanzallamas –fragmento que no llega a una carilla y que es una clase de contundencia y precisión (tal vez algo parecido sea “Contra los poetas” de Gombrowicz)-  ferozmente le criticaban una supuesta desprolijidad y ausencia de estilo; consiguientemente Arlt hace suyas esas pretendidas debilidades y las esgrime como arma contra sus enemigos; no hay tiempo para el estilo, el mundo se viene abajo. Y no crearemos nuestra literatura continuamente hablando de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Mas o menos eso dice, en aquél prólogo-manifiesto de Los lanzallamas y lo cierto es que si tiene razón a la vez está equivocado, y está equivocado porque en realidad sí tiene un estilo, y quizá sea uno de los autores que mas haya trabajado ese aspecto en la literatura.
Como siempre que me gusta mucho una obra (hice lo mismo con Solaris) me voy directo a vagabundear por distintos blogs en busca de alguna frase reveladora o descripción de lo que sentí al leerla (o al verla). Siempre me voy con algo, aunque esta vez me enojé  porque todos enfatizaban la carencia de estilo, y es mentira. Arlt tenía un estilo de la concha de su madre en el que se mezclan cosas vistas de soslayo y por fragmentos, perfiles y ángulos varios (algún rulo gris, el pétalo de una flor, y cierto aroma singular, son pobres datos que sin embargo en su pluma pueden trazar el dibujo entero de una situación) en un lenguaje veloz y enredado en los que la descripción está mano a mano con la sonoridad. Fue justamente ese lenguaje singular que llegó a dominar a la perfección lo que le posibilitó escribir “en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal". Tenía algo que decir, eso es seguro, pero además sabía muy bien cómo decirlo. De esa combinación explosiva resulta Los siete locos y Los lanzallamas.
El díptico trata acerca de los últimos años (y también porque la literatura puede abarcarla en un pestañeo, de la vida en general) de Remo Erdosain, joven que al contemplar el vacío de su existencia y la de los que los rodean, el absurdo de las desigualdades y la violencia humanas, decide adentrarse en los abismos del propio ser cometiendo acciones criminales. Envilecerse hasta el fin, hasta el hartazgo, humillar y ser humillado; inspeccionando su propio miseria, al par inspeccionará a toda la humanidad. Traba amistad con el “Astrólogo”, un castrado que organiza una especie de secta mesiánica prometedora de la revolución y de un mundo futuro donde el hombre sea definitivamente feliz. Aunque la ambigüedad de este personaje no deja adivinar nunca la verdadera intención, y si hay alguna en el ensueño loco que proyecta, sirve sin embargo para mostrar el insensible y delgado hilo que une a los distintos sistemas políticos: la violencia sorda, la desesperación del hombre buscando al hombre. Los Siete Locos muestra el delgado hilo que une a la búsqueda del consuelo –y la ternura y el amor por sí mismo y a la humanidad que esto conlleva- y el poder. El hombre domina porque busca consolarse de la angustia de saberse mortal: eso quizá sea para Arlt el poder: una desesperada forma de negar la propia finitud. Por eso es que Remo inclinándose cada vez mas hacia lo bajo de sus perversiones, y hundiéndose denodadamente en esa dirección es en realidad un mártir que busca redimir al hombre, ya que negándose todo consuelo denuncia al mismo tiempo las atrocidadades que hacen los hombres en el ejercicio del poder.
La novela (o las novelas) es visionaria en todo sentido, predice al nazismo, y en este punto el carácter adivinatorio de Arlt es impactante, haciendo mención  a "fábricas de gas" y demás consideraciones acerca de la raza elegida y la creación de un misticismo de la tecnología o una mezcla de fanatismo místico y desarrollo industrial.
También anticipa en veinte años la célebre conferencia de Sartre, “el existencialismo es un humanismo” construida casi totalmente sobra la base de la siguiente fórmula: “la existencia, precede a la esencia”: Erdosain idénticamente se pregunta acerca del hombre “¿O existe a pesar de no ser?”
Los siete locos/Los lanzallamas es, más allá de una enorme contribución literaria, un artefacto político que nos ayuda y ayuda a los demás a entender el estado actual de las cosas. Es un objeto muy raro. Acaso el invento más singular y logrado de ese extraño señor llamado Roberto Arlt.

martes 1 de septiembre de 2009

LA PELICULA UNIVERSAL

Escribo esto y todavía me tiemblan las manos porque acabo de ver la mejor película de la historia. Como siempre, descubro las cosas muy tarde. Una de ellas; el cine, así, en general, a secas. Pero, afortunadamente, estoy empezando. Solaris. Trato de apuntar rápido y brevemente, acaso con la desprolijidad que es digna consecuencia de la emoción. Nunca había visto algo de Tarkovski y de cine lo que se dice “serio” o “importante” sólo un cachito de Kurosawa que me gustaba, y punto, y después, como diría el célebre archibald, todas empanadas hollywoodenses, hechas para el deleite rápido y fugaz, instantáneo que calma de un fogonazo el pequeño diablo consumista y paranoico que llevamos dentro.
El caso es que hay un localcito en primera junta, en frente de la estación de la línea A, donde venden películas de gran calidad, con tapa, logo y tuti li fioqui, por diez pesitos. Revolviendo entre esa marea de rectangulitos de plástico al compás del zumbido de los autos y colectivos que mascardoneaban por esa calle angosta, la ví. Supe, en seguida, que no era como las otras.
En realidad uno no sabe si transmitir la emoción que siente al verla o por el contrario narrar los hechos; ninguna de las dos cosas sirve, nada del vano parafraseo tiene utilidad cuando se trata de una obra de arte. A una obra de arte o bien se la experimenta, o bien se la homenajea creando otra de igual o mayor esplendor. Como la mayoría de los mortales tenemos poco talento para lo segundo, recomiendo en su defecto lo primero.
De la misma manera que tampoco se puede traducir el estilo literario de un escritor en imágenes sobre una pantalla, seguramente el estilo de los grandes cineastas sea asimismo irreductible a la plasmación literaria; es imposible explicar en toda su dimensión por qué nos gusta. Hay que verlo, (o leerlo) y punto.
Se puede recrear la atmósfera, sí, pero hasta ahí llega, y no más. Si literatura y cine se alimentan mutuamente, (hablamos de la verdadera literatura y el verdadero cine, quiero decir, ni películas que son simples historias, ni libros que son películas contadas) es quizá porque no pueden trasvasarse en forma brutal y directa entre sí y entonces se refractan de manera paradójica y tal vez, así, intuyo, con sus deformaciones oníricas el Satyricon de Fellini sea mucho mas fiel a la obra involucrada que una reproducción literal de la misma.
Y algo similar debe haber pasado con Tarkovsky y el libro de Stanislaw Lem: Solaris. Buscando recién por la red algo sobre el film que pudiese traducir mis impresiones encontré sin embargo cierta información curiosa, como por ejemplo que Tarkovsky agrega un prólogo y un epilogo que en el libro no estaban y hete aquí que justamente es lo mejor (o por lo menos algunos de los momentos de mayor intensidad, fuerza y belleza) que tiene la obra. Solaris es una película filósofica. Hace acordar a Borges. Hace acordar, libro con el que guarda muchísimas coincidencias, a La invención de Morel. Hace acordar a Los siete locos. Extrañamente una película rusa es lo mas parecido a la literatura argentina que existe en el orbe. Pero también hace acordar a Platón, Descartes, Heidegger, la música, el amor, la poesía, los símbolos, el mundo y el cosmos, la ciencia, la moral, la familia, etc.; como el peronismo, la película parece contenerlo todo.
En su hermetismo y su luminosidad intermitente producto de reflexión metafísica y poesía mezcladas al palo, nos revienta el marote haciendo uso de un argumento llano y simple. La película dura 160 minutos en los que debe resolverse un enigma: en algún tiempo impreciso los habitantes de la tierra han descubierto un planeta (Solaris) cuya atmósfera atiborrada de nubes y océano parecen conformar –es una de las hipótesis- un gigantesco cerebro que extrae durante la noche del inconsciente humano las imágenes y las hace reales.
No es una historia lineal y hay muchos planos que están jugando a la vez en la interpretación. Como dije, acá está todo. Solaris es una película que reduce a Matrix a una especie de Western Cartesiano sin demasiada hondura. Hacia el final se suceden los diálogos impresionantes y se descubren poco a poco las rupturas de todas las categorías y oposiciones habituales del pensamiento: interior/exterior alma/cuerpo individuo/sociedad hombre/naturaleza todo termina estallando y a la deriva en un océano interminable.

sábado 29 de agosto de 2009

Una Argentina para desarmar


María Laura Santillán. Pelotuda. Eso me vino a la mente cuando, ofuscado, y con una molestia en la cabeza, como si una mota de polvo hubiese interferido el curso habitual, no muy sorprendente, de ninguna manera brillante, de mis neuronas, apagué el televisor y corrí directo a prenderme un pucho. El programa realmente me había molestado, hablaban, cuándo no, de los jóvenes, razón por la cual, apenas con mis veinticinco años, me sentí aludido, y todavía más cuando se decía que esos mismos jóvenes estudiaban y buscaban trabajo; les era difícil, según enfatizaba la conductora, salir de la universidad y adentrarse en el ancho y variopinto mundo de las empresas multinacionales. En consecuencia, sentados en una mesa redonda, y no obstante la imposibilidad del mismo medio de transmisión se podía adivinar en esa gente una amplia gama de caros perfumes cuyas moléculas todavía permanecían en el género de sus trajes impecables. Una joven egresada o no, no lo recuerdo, de comunicación social, había comenzado a trabajar en un pulpo financiero, o técnico, o mecánico, lo mismo da, y decía sentirse plenamente realizada, asimismo declaraba haber pasado con felicidad la selección en donde competía con otros congéneres por el puesto. Otros, más experimentados, y recientemente ascendidos, subrayaban que la honorable gente de recursos humanos había virado en sus criterios de selección; ahora no importaba solamente el promedio, sino también, decían, las cualidades personales, la positividad, etc. Maria Laura, volviéndose a medida que transcurría el programa, más y más, como dije anteriormente, pelotuda, repetía una y otra vez que en cuestiones de recursos humanos se había cambiado de paradigma, y le preguntó a esa gente qué era lo que la empresa había visto en ellos para ofrecerles trabajo, a lo que respondieron con una sarta de frases en un sentido tan manual de autoayuda, tan mierda, tan Ari Paluch, que uno podía hacer cualquier cosa menos vivir en este mundo; al considerar la posibilidad de convivir con semejantes seres, y aún de formar parte de su misma raza, o condición, el suicido queda por siempre fundamentado.
No entiendo toda esa volatilidad del ánimo tan mentada; esa recurrencia infinita a la confianza, la pérdida de confianza, la creencia en el progreso, y muchos otros lugares comunes del léxico televisivo-ignorante-empresarial, que tiende a querernos explicar que hay ciertas personas que al parecer están predestinadas para ser mejores, o superiores, y pasarles encima a las otras, que, lamentablemente, no se encuentran, como ellos, avalados por el mismísimo ens máximum o Dios en su carrera personal, egoísta y codiciosa. El otro día leí una partecita, mínima, del libro de Ari Paluch; casi vomito, casi lo voy a buscar a la radio para pegarle un tiro, si en vez de Lennon hubiese sido este tipo, perdonaría sin concesiones a Chapman; recuerdo que decía algo así: el mundo se rige por la ley-causa efecto, por lo tanto -decía el eminente pensador- todo lo que hacemos nos vuelve, y eso prueba que somos agentes de nuestro propio destino. Todo Mal. Todo mezclado, te explico, Paluch, la relación causa-efecto es unidireccional, si tirás un vaso, se cae y se rompe, y después no se reconstruye y vuelve a ponserse solito sobre la mesa, entonces no sé como deducís a partir de la ley de causalidad la otra ley, tuya, proveniente de una mala lectura de algún libro religioso, de que todo lo que hacemos nos vuelve. Además, si todas nuestras acciones estarían regidas por dicha ley entonces, justamente, todo lo contrario, ¡No seríamos dueños de nuestro propio destino! todo al revés de lo que decís man, y pensar que la gente compra tus libros como si fuesen caramelos. Bueno, la cosa es que los empresarios hablan así, creen en que si uno quiere, entonces puede, y que por lo tanto, aquél que mira el televisor desde una vidriera, con el frío y el hambre en sus huesos borrándole lentamente la existencia, precisamente, se lo merece.
Luego de unos minutos de bronca, volví al living y prendí el televisor, el programa finalizaba y se podía ver a María Laura Santillán ejecutando una danza en la cual, similar a una foca contenta, sin preocupaciones y sin finalidad en el existir, comenzaba a batir palmas, dar saltitos y gritar eufóricamente: ¡Las empresas son humanas! ¡Las empresas son humanas! Después, un representante de los auspiciantes, un hombre alto, y gordo, y calvo, con un hilo de baba suspendido entre el labio inferior y superior, imprevistamente, se bajó la bragueta; María Laura Santillán seguía danzando en éxtasis, repitiendo frenéticamente su coro idiota, mientras los invitados, al ver a aquél hombre que se había bajado la bragueta, no dudaron en imitarlo, y así hicieron también los reidores, y los camarógrafos, y el público entero. La pantalla se había llenado de porongas, todos la sostenían en su mano. Una gran poronga televisiva formaba todo aquello y todos danzaron, repitiendo el coro de María Laura "¡Las empresas son humanas! ¡Las empresas son humanas!" Hasta que una pija con enormes cabezas, o glandes, los cuales se ramificaban en el vértice del tronco venoso y lúbrico, salió de la tele, y fue a dar directo, uno por uno, en el culo de cada uno de los televidentes.