miércoles 15 de febrero de 2012

Mi amor allí





Luis Alberto Spinetta era un músico de rock de una generación anterior a la mía, pero quien nunca dejó de escucharse –de un modo constante, obsesivo- por un grupo disperso y anónimo de fanáticos en el que me incluyo. 
Diré que mi forma de ser, mi alma, la debo en parte a la existencia de sus canciones. 
Cuando supe la noticia, me tomé un taxi –sin importar lo lejos que quedaba y el dinero que eso me costó- hasta la que, hacía unos momentos, había sido su casa. Imaginaba que las calles estarían rodeadas de una multitud triste y a la vez consciente, tal vez más consciente que nunca, del legado que ese hombre nos había dejado, de la fórmula musical que él había descubierto para, de alguna manera, habernos creado tal y como éramos. 
Por el contrario, encontré un ramo de flores en la puerta, un chico dormido en el umbral, y cinco o seis personas sentadas mirando con caras de desconcierto y vacío. 
Eso, sin embargo, me pareció noble.
Nada hacía suponer la muerte de un “famoso”.
Me senté, yo también, a unos metros de la puerta de su casa y me puse a fumar, mientras pensaba ¿Cómo no le toqué nunca el timbre? ¿Cómo nunca, jamás, se me ocurrió tomarme un taxi, como hoy, y tocarle el timbre? Aunque también pensé ¿Y si lo hubiera visto que le hubiese dicho? ¿Qué otra cosa podía decirle a ese hombre más que alguna palabra tonta de agradecimiento?
De esa imposibilidad de comunicación, aprendí que la música, la verdadera música, es como un gato que, imprevisiblemente, se cuela por la ventana de nuestra casa, y nos mira.
Podemos echarlo, podemos incluso temerle, pero nada puede quitar esa presencia cierta. 
Tal vez en algún momento le contemos a los vecinos, o a los familiares, “a tal hora de la noche entró en un gato en casa” y muy posiblemente no nos presten atención, o tal vez ni siquiera nos crean, preguntándonos si estábamos dormidos o tenemos algún tipo de alucinación diaria. 
Más allá de la sensación de certeza, intransferible, de su presencia, no habrá manera alguna de probar la existencia irrefutable del sigiloso felino. 
Si yo le tocaba el timbre a Spinetta era para decirle “anoche entró un gato por la ventana de mi casa”
No tenía sentido.
Yo sabía, 
Y con eso tenía que alcanzarme. 
Y con relación a la poca gente que había allí, -y que hacía suponer el velorio de un familiar o de un amigo muy querido- aprendía que el arte, en esencia, está completamente alejado del espectáculo, que cada uno que estaba allí se quedaba con la verdad de su gato –verdad que no publicaban los diarios y que no se traducía en ninguna cifra-, en soledad. 
Que, acaso más importantes que las multitudes instantáneas, son aquellas que se van formando en forma lenta, constante, y segura, a través del tiempo.

miércoles 28 de diciembre de 2011

BLOOD ON THE TRACKS



No hay una sala de urgencias de la soledad. Cuando tenés una enfermedad grave las opciones son o que te curan o te morís.
Bueno, de la soledad no te morís.
Pero tampoco te curás.
Esto de abrir la página de bob dylan con todas las letras del amor derrotado y escucharlas en la computadora, no te mata, ni te va a matar, pero te está matando.
Dicen que el hombre no puede experimentar su propia muerte ¿Te acordás? Alguna vez lo escuchaste. Allá lejos, cuando estudiabas filosofía y te creías el pensador más grande de todos los tiempos después de Dios. Una de esas chicas a las que siempre conquistaste, pero que se iban corriendo porque eras –lo sos, lo seguís siendo- un cobarde, un asustadizo, un tímido. Hay que quebrar varias puertas para que puedas salir, como uno de esos animales raros que se ven en el National Geographic, alguna de esas ratas albinas y ciegas que viven bajo tierra.
Una chica que era francesa y se había enamorado de vos. Pero tenía las manos bien finas y delicadas, y más bien servían para acariciar y no para golpear y golpear.
No la hubieras escuchado.

O más bien

Ella

No te hubiese escuchado,
No te escuchó cuando le gritabas a través del largo corredor húmedo.
Y todas las habitaciones.
El eco no se esparce.
Queda, y cierra.
Calla.
Vuelve.

Esa habitación en la que estabas encerrado

Tu cabeza.

Dicen en el National Geographic que las ratas albinas –albinas y ciegas- chillan mucho más agudo y a la vez más bajo que las comunes, de manera que casi no se oyen, (Influye el hecho de que habiten cuevas subterráneas) pero si se oyeran, si se amplificara el sonido, -explica un inglés que llena la pantalla de arrugas y de una remera rosa en algún lugar desierto de Australia, o de Africa- oiríamos una serie de gritos desgarradores, histéricos, interminables.
También se sabe que se agrupan en torno a una reina, una Gran Rata Madre, tan ciega y tan albina como las otras, pero más grande. Como si fuera la exposición inconsciente del arquetipo de su raza, todas las características de las otras se ven en ella de un modo más fiel, más amplificado y definido.
Le gritabas: acá estoy.
Y ella no podía oírte.
Buscaba un poco con los ojos.
Y te dijo: “el hombre no puede experimentar su propia muerte”. Pensaste que ella decía cosas obvias. Pero afortunadamente sabías –al menos eso sabías- que toda la sabiduría consiste en decir de una manera clara y limpia las cosas más elementales.
Y que así
La filosofía
No estaba lejos del poema
Decía: -Cuando se acaba la vida, se acaba la muerte.
No había que saber más. Quizás esa fuera la única verdad y ella la decía de la mejor manera que podía decirse.
Con esto te bastaba para llamarla desde adentro del corredor, intentando vanamente que tu voz cruzara todas las habitaciones hasta llegar a la luz final del túnel.
Hubieras deseado la presencia del inglés del National Geographic aclarando que “si se amplificara, se oiría un dulce canto, claro y profundo, lleno de amor”
Ah, pero ella no te oía.
Le dijiste:
-Claro, como una moneda
Y ella se inclinó un poco en ese banco donde estaban sentados –pudiste sentir cómo sus rulos te recorrían la cara-  y metió mano en tu bolsillo.
Se quedó segundos revolviendo. Segundos que se estiraban a minutos y minutos que se hacían  años, y  mientras la gente pasaba, ella revolvía, y tenía su mano en tu bolsillo, y sentías el perfume –un perfume de violetas- y su pelo, y arriba había cielo, y la vida era muerte y la muerte era vida, y todo se llevaba deliciosamente tu conciencia hasta que terminó de rebuscar, y te diste cuenta que te había sacado una moneda de un peso.
(Ojalá me la devuelva, habrás pensado, estabas cagado de hambre, y solamente ahí, en la facultad, podías alimentarte sólo por un peso)
-Sí, como una moneda –dijo, mirándola-. La muerte y la vida. Como una moneda.
No sé qué le dijiste. No lo recuerdo. Pero ella habló de Cortázar, especialmente del cuento “una flor amarilla” y dijo que era paradójico que el personaje descubriera al mismo tiempo que todos somos inmortales pero que él –el personaje- es el único mortal.
Entonces formuló otra de sus frases cortas y limpias -y obvias- pero certeras. “. Eso te gustó. Las mujeres que hablan demasiado te parecen insoportables.
Te miró y con el dedo dibujó un círculo en el aire.
-Tengo que pensarlo en forma circular –dijo-.
Te quedaste mudo. No entendías nada.
-¿En forma circular? –preguntaste, retóricamente, como hacen los idiotas.
-En forma circular –dijo-. Porque vos no me escuchás. Entonces tengo que hacerte entrar las palabras por los ojos. Y para que te entren en los ojos, tienen que ser redondas.
-Pero en los ojos no entra sólo lo que es redondo. Entran otras cosas.
-¿Y qué entra en los ojos? –seguía hablando de una manera que rozaba la inocencia y la perversidad a un mismo tiempo.  Deberías haberle dicho que en tus ojos sólo entraba ella, pero ni se te ocurrió decir eso. En cambio, contestaste:
-Entra este banco, por ejemplo, y este banco es cuadrado.
-¿Y qué más? –siguió preguntando ella, y vos pensabas que o te odiaba o se había dado cuenta que te gustaba (con frecuencia, cuando una mujer descubre eso, y no tiene una vida muy interesante, puede jugar horas y horas con un tipo, como el gato antes de matar al ratón)
-Bueno –dijiste. Ahora le mirabas el escote. Y pensaste que si hacer el papel de idiota te llevaba a tocarle las tetas entonces ibas a ser el estúpido más especial del mundo-. No sé. La pared.
-¿Y qué más?
-¿Y qué más? -. Bueno, una heladera. Un árbol. Una casa. Vos. Tus tetas. Un idiota. Cualquier cosa entra en los ojos –dijiste, sacado, porque ella había osado provocar al pensador más grande de todos los tiempos después de Dios de la manera más simple, casi Socrática, haciendo preguntas triviales- .
-Yo sabía que me andabas mirando las tetas –dijo-.
A partir de ese momento, había dos posibilidades. O te ligabas un cachetazo. O terminabas el día cogiendo con una mujer hermosa. Te jugaste por la segunda, pero ella planteó una tercera:
-Un árbol. Una heladera. Una casa. Mis tetas. Un idiota. Todo eso entra en los ojos. Esa era tu lista ¿No?
Asentiste.
-Bueno –dijo, finalmente, un tanto cansada del juego-. Un árbol. Una heladera. Una casa. Mis tetas. Todo cabe en un solo lugar. En una bola llamada TIERRA (se acercó a tu cara y abrió bien la boca en cada letra de la palabra, sobreactuando el énfasis). ¿Y  de qué forma es la TIERRA? Redonda, paparulo –dijo, y comprobaste que todavía había chicas que decían “paparulo”, que eso no pasaba solamente en las películas argentinas de los 70-. Si la tierra no fuera redonda, ninguna de las cosas de la tierra cabría en tus ojos. Y no verías nada. No me verías a mí. En este momento. Ciego.
-Pero la tierra es redonda. No las cosas de la tierra –respondiste-.
Ella se enojó. Quedó muda. Enervada. Te dieron ganas de preguntarle si tenía ocho años. Pero tal vez entendiste, tal vez no (creo que no) que ella te ganaba, porque no jugaba a la verdad, sino a otra cosa, sabiendo que la verdad era imposible, o sabiendo solamente las únicas verdades (las mínimas, limpias y obvias, aquellas pocas -como la de “la vida se acaba, la muerte se acaba”) entre las cuales estaba la elemental, que en algún momento de la tarde dijo. No recordás bien, es cierto. Pero dijo algo así como que no importaba la verdad porque antes de la verdad viene la muerte. Y habló sobre la belleza. Y dijo que más bien prefería a la belleza. Que era la verdad y la muerte con la consciencia de que la verdad y la muerte son cosas que suceden todo el tiempo y a la vez no suceden nunca.
Te dio una una paliza. Pasaste de número 2 en el ranking del pensamiento cósmico occidental al cuatrocientos treinta y ocho. Y todo en un minuto. No más.
Entonces, como si te hiciera una caricia, humillante y de un candor infinito,  volvió al tema inicial.
Dijo que “una flor amarilla” podría reducirse a una sola fórmula.
Dijo que expresaba una verdad por medio de una contradicción lógica.
De la premisa
Todos somos mortales
Se desprende una única conclusión
Lo dijo alto: “La conclusión es que YO (otra vez el énfasis, la boca abierta, cerca de tu cara) soy el único mortal”.
Eso es una flor amarilla –dijo-. Ese es Cortázar.  Nadie experimenta su propia muerte. Pero al mismo tiempo la muerte sólo existe como Mi muerte.
Creo que en ese momento la consideraste Heidegger en versión femenina y querías que parara. Estabas embriagado (además de las tetas, tenía una mente poderosa) y te confundías.
-Lo que pasa es que vos no me escuchás –te dijo-. Entonces tengo que hacerte entrar las palabras por los ojos. ¿Eso debe ser la poesía no?
Asentías. Sólo asentías. Y la amabas.
- Muy bien –dijo-. Se acabó la cosa. Volvimos al principio. Supongo que habrás entendido ya.
En el National Geographic aseguran que las ratas albinas viven en cuevas, en escabrosas cuevas que cavan pacientemente debajo de la tierra; y así pasan toda su vida, excavando, reproduciéndose, chillando.
Vos te acordaste de esas palabras grandes, mientras tenías el televisor prendido, y el inglés de remera rosa y la cara con un océano de arrugas hablaba de las ratas albinas.

El hombre.
Pensaste,  
Esa palabra
Es la condensación ficticia de los rasgos de una especie.
Como La Gran Rata Madre.
Más albina y más ciega que las demás.
Pero más inexistente
Definitivamente menos compleja
E interesante
Más irreal
Que toda la innumerable prole, que ella apadrina.
Ratas pequeñas. Difusas.
Con lunares o colas más cortas y dientes imperfectos
Ratas verdaderas
No El Hombre
Sino los hombres.
La vida.
Múltiple y colorida.
Inapresable.

Y ahora estás en esa habitación, dentro de un edificio lleno de habitaciones, que dan a otras habitaciones, que  a su vez dan a otras habitaciones, y así infinitamente. Vos estás en el fondo. Y ella no te escucha. Y no hay locutor de National Geographics que pueda explicarle. Ella está muy lejos, ya, mientras vos ponés un disco de Dylan, te cubrís el rostro, y empezás a llorar. 

sábado 24 de diciembre de 2011

DE MI

Afuera llueve, hace mucho que me acostumbré a escribir por las noches, con la negrura que apenas interrumpe la blanca luz de la computadora. Muchas veces, salí solo a tomar algo, y observaba la gente, y también imaginaba sus historias particulares, sus pequeños mundos. En esas ocasiones, las personas hablan y ríen, y hasta bailan y yo miro sus mundos como si fuese un observamundos. Un viejo largo de barba blanca jugando en la mesa con un puñado de bolitas deslizantes. No voy a negar que me siento solo, y que eso no es bueno, que hay una gran desconexión entre mi interioridad y mis manifestaciones externas, como si fuese una máquina inventada por algún genio perverso, cuyo propósito final y deliberado radicara en la estricta imposibilidad de existir exitosamente. Una caja con manijas que no pudiesen abrirse nunca (eso debe ser la muerte) o una especie de linterna que emitiese sólo una luz negra. 
En ocasiones me regocija la lectura y sólo puedo conectar con la gente cuando escribo; es posible que me conozcan personalmente y ya no les interese, porque soy callado, y tartamudo, y tímido, y no tengo nada que contar. Cierta vez, ocurrió algo curioso. Me enamoré de una mujer simple y feliz, que tenía palabras como globos y una sonrisa que era una plaza en un día de sol. Corría y jugaba en ella y a veces me sentaba en un banco a silbar y a suspirar. Después de un tiempo la plaza cerró y en su lugar se construyó una torre donde centenares de hombres manipulaban papeles y teléfonos. Nostálgicamente, me ofrecí como empleado en aquella torre, y en un breve período me volví más triste. 
Las cosas no saben defenderse y sólo se quedan quietas, y deben sentirse aturdidas, preguntándose por qué ellas mismas son lo que son, y si habrían de ser de otra forma. Y así, todo, vacila. Y mis pensamientos también se sienten agredidos. Algo los engancha desde las profundidades y los hace emerger violentamente, y quedan mirando con ojos inexpresivos, y hacen tristes y minúsculas ondas sobre la superficie del lenguaje. 
- Matías –me dice un amigo- no podés seguir así. Sos joven, che.
Yo le digo: 
-Ustedes tampoco pueden seguir así.
Y me hundo en el cigarrillo y en el silencio.
Tengo cada tanto esa clase de conversaciones con mis amigos, en las que ellos me aconsejan cosas y yo no las atiendo, por parecerme inapropiadas. En realidad, trato de explicarles que para recibir algo, uno de antemano tiene que estar preparado, vislumbrar, de algún modo, lo que viene. El hombre no experimenta más que lo que reconoce, y así toda su vida es una suerte de parodia, a veces más vivaz, a veces menos, de lo que le han permitido establecer para sí mismo (tratar de imaginar un rostro sin saber lo que es un rostro). Así me pasa con mis amigos, ellos quieren forzarme a experimentar algo –felicidad, entusiasmo, alegría- y no entienden que ese rostro sería irreconocible para mi memoria y que, de verlo, me produciría pánico abismal. Una noche me empeciné en tomar un objeto común y cambiarle el nombre, y en determinar arbitrariamente que ninguno le convenía, y todos los que le probaba eran como ropas que le quedaban grandes o chicas, o estaban fabricadas para seres desconocidos. Se confundió con una cara, con una vela, con una silla, fue todo y también fue ninguno, y en cierto momento en que terminaba de probarle los nombres me di cuenta que ese objeto contaba ya toda mi historia, y que terminaba por parecerse a mí. Sentí una soledad inmensa.
***
Tuve excursiones con otras mujeres, y ninguna llegaba a inundarme de esa vitalidad que a ella le era tan natural y propia, ninguna tenía sus palabras, ni sus gestos, ninguna sabía tocar el fondo de mi alma, así, como lo hacía ella, sin drama, sin excusa, sin violencia, como sumergiendo apenas un dedo en un charco de agua.

miércoles 21 de diciembre de 2011

ESCUCHAME ENTRE EL RUIDO

a Julián Fava


Algunos mechones se deshilachan del redondo sol de su cabeza a causa de la brisa, como páginas de un libro que el viento recorre. Un libro secreto y profundo. Un libro cuyas verdades fueran tan densas y bellas que sólo cabría olvidarlo. Un libro que conociera tanto al viento, que fuera el viento. Ese mismo viento que ahora (en la soledad inmóvil y muda de la biblioteca) se le hunde en el pelo como una mano hundiéndose en la arena.
De vez en cuando una mano se posa en la nuca, una nuca blanda y  suave, y después se retira para colocarse encima de la fórmica de la mesa rectangular y ancha. Tiene una remera violeta con una cinta lila que le cae sobre la espalda. Es de esas chicas que se visten de acuerdo a la propia personalidad  sin tener del todo en cuenta los mandatos que, mediante una violencia sutil, feroz e incesante, a una ilimitada variedad de mujeres les impone el insaciable molde –siempre vacío, siempre incumplido- de la moda. Los pantalones son marrones y utiliza una especie de cinto amarillo que le ajusta la cintura. De las orejas –que sobresalen, apenas, del cabello- le cuelgan unos aros largos y angostos como estalactitas. Apenas, sólo a veces, la escuché decir alguna palabra que salía de esa boca gruesa y dulce, casi siempre inmóvil, aunque de una inmovilidad singular, inquietante, igual que un aguaviva en la orilla de una playa inmensa. Cierta vez vino con unos tipos que hablaban con ella, y se sentaron, todos, lejos, y aunque me esforzaba con verdaderas ganas no podía oír bien lo que decían. Parecían exagerar los ademanes con que acompañaban la charla, quizás a causa de la atención de ella –de esos ojos titilantes- o tal vez porque en la biblioteca está prohibido elevar el tono de voz. Uno era un hombre maduro, de unos sesenta años, larga barba y anteojos, que parecía un profesor. El otro era joven y afeitado, de un rostro semiinfantil, llevaba un morral cruzado al pecho y tenía dos o tres rastas en un pelo largo, rubio y lacio. La cara de éste era pequeña en el mentón y ancha en la frente; parecía un hielo que se desvaneciera en el agua por la parte hundida, o que el agua de la tristeza –el océano- lo iba comiendo desde más abajo hasta arriba. Había algo muy curioso en él, daba la sensación de que pronto fracasaría. El viejo, por el contrario, exhalaba tranquilidad y una leve felicidad o contento, tal vez una especie de calmada resignación asumida ya desde hacía mucho tiempo y adherida a cada rincón de su blanca y desvalida carne. A la inversa del joven (a escasa horas de ahogarse) el viejo, en cambio, parecía un muelle. Un antiguo muelle herrumbrado por el incesante viento y el incesante mar, con largas y profundas columnas aferradas a la tierra, atiborradas de berberechos y almejas inmóviles.
Recordé una foto que, cuando era chico, me impresionó desde las tapas de un diario.  El brazo de un hombre sobresalía de entre las furiosas olas y cerca, muy cerca, una enorme multitud lo veía morirse desde la plataforma del muelle. El diario no decía nada del indecible terror que por esos años de mi inocencia, El Estado sembraba entre los jóvenes que creyeron en el peronismo, una multitud de adolescentes que crecía al calor de las luchas políticas en oposición a la parte exclusiva y acaudalada, siempre retrógrada, de la sociedad, una combinación letal de estancieros, especuladores de bolsa y fusiles militares, tortura eléctrica, violaciones, degüellos, asesinatos.
Claro que eso lo supe mucho después, pero en aquél entonces y a pesar de mi corta edad, en la foto del ahogado que paradójicamente innvisibilizaba la de los miles de adolescentes arrojados desde aviones al río, drogados con pentotal y todavía vivos, presentí la tragedia. Me encerré todo ese domingo en mi cuarto, y no quise salir por nada del mundo. Me llamaron a comer, y no contesté. Me llamaron con insistencia, y coloqué la mesa de luz contra la puerta de modo que ni mi padre ni mi madre pudieran abrirla.
Mi padre era gerente de una empresa  reconocida en esa época (hoy no sólo es reconocida, sino enorme y desproporcionada) usaba constantes trajes y estaba muy poco en casa, recuerdo su perfume y su cabello negro, brillante, por las mañanas, y también su inmenso silencio y su notable desprecio por mi madre. Solía hablar de dinero y de su amigo Echegoyen, el señor Echegoyen, uno de los dueños de la empresa, un anciano de risa macabra y anillos dorados que solía tener en la casa cinco perros Doberman a los que cuidaba más que  a las innumerables sirvientas, todas muchachas venidas del interior, que poblaban el lujoso –y a la vez vulgar- piso de la avenida Libertador. Mi madre, por el contrario, había sido maestra antes de que yo naciera, y es una mujer muy sensible. Ella es la única con quien yo pude hablar y reconocerme en mi vida. Ella comprendía mi manera de ser introvertida, mi amor desaforado por alguna chica del colegio, mi aversión a los deportes, mi manía de escribir cartas y cartas y leer con pasión a Julio Verne. La que siempre me defendía cada vez que algunos compañeros en el colegio me atacaban porque a los ocho años (con el tiempo logré curarme) en ocasiones, yo tartamudeaba.
Mi padre me decía dos cosas, dos o tres palabras son acaso todo el legado que tengo de Roberto Alchurrón: Cabecita negra. Y: Marica.
 Lo detesté desde el primer momento en que tuve consciencia. Tenía para con él uno de esos odios que motivan, acaso, la inteligencia, que obligan, antes que a la destrucción implacable del objeto odiado, a la transformación radical del sujeto que odia. Supe, de una manera inconsciente, que, frente a la imposibilidad de aniquilar el mundo, (el mundo menos mi madre) cabía forjar una forma de ser que se les opusiera, (al mundo y a mi padre) y que eso era lo peor que podía hacerles. Si mi padre y el mundo –que tanto se parecían- amaban a los millonarios y con la misma devoción detestaban a todo aquél que no lo fuera, a todo aquél que no se dedicara a esclavizar, a humillar y a servirse de los otros, yo me dedicaría a la calmada epifanía de los libros, a ver la belleza siempre en los perdedores y a volverme, con orgullo, uno más de ellos. Así fue que, llegado el caso, a la hora de decidir mis estudios universitarios, opté, primero, por buscar –si bien gracias a la empresa que empleaba a mi padre no necesitaba en absoluto del dinero- un puesto en las fábricas, que finalmente encontré en una metalúrgica. Allí aprendí la diaria humillación y el maltrato, el constante hostigamiento del invisible látigo en el lomo, y también de la solidaridad de los pobres. Perdí, también, uno de mis dedos, y gracias a ese hecho afortunado pude evitar el servicio militar obligatorio que mi padre recomendaba fervientemente para las personas como yo. Según él, el servicio militar obligatorio (la colimba) constituía la solución a todos los males de la juventud, una forma de hacerse, lo que se dice, “hombre”. El estaba preocupado porque yo tenía un amigo homosexual, con el que –él no lo sabía- habíamos practicado unos besos en la soledad de mi cuarto, y eso lo enfurecía más que cualquier cosa, llegó a prohibirle a la entrada a mi casa en una escena patética llena de insultos y puñetazos contra la pared (quizá la única virtud de mi padre fue que nunca me pegó) y el llanto de mi madre. Por esa época yo tenía dieciocho años. Ya trabajaba en la metalúrgica. Ya había perdido un dedo. Ya sabía que no haría el servicio militar. Me gustaban las mujeres, pero tenía una idea general del amor fundamentada en la metafísica de una canción que solía escuchar todas las noches, invariablemente. La canción de Moris decía entre muchas otras cosas:
/Miro a mi abuelo/El era muy viril/Pero igual que yo/Era hombre o mujer/Diganme ustedes/ Dueños de la moral/La voz de esa viejito/¿Es de hombre o de Mujer?/
Y hacia el final: /Cuando mueres un instante/Porque estás con ella al fin /Cuando abrazas a un amigo/Y lo quieres más que un Dios/ Están ciegos o son idiotas/ ¿O qué es lo que pasa aquí?/
Moris postulaba, sin saberlo, toda una ontología. Para él no había géneros determinados, ni las cosas, tampoco, estaban nombradas de una vez y para siempre, es decir, no importaba que fuera ella o él mientras estabas feliz. No importaba nada más que la intensidad del instante. Tal vez antes que Deleuze, Moris rompía con la forma representacional de ver el mundo. El colibrí que toma el néctar de la flor no sabe que es un colibrí y que lo otro es una flor, la realidad, más bien, antes de ser una combinación de cosas fijas y dadas, es un fluir incesante, algo así como un momento colibríflor sin cesuras, sin interrupción. El hombre que hace el amor con otro hombre o con una mujer, en aquél momento, no se detiene a pensar que él es un hombre o ella una mujer, y ella o él hacen exactamente lo mismo, simplemente acontecen, se dejan llevar por la verdadera realidad subterránea y definitiva de lo que sienten.
No creí jamás en Dios. Pero creí que Dios estaba en el amor. No fui ni hippie ni montonero, ya era tarde para eso, pero lo hubiese sido con gusto.

Tiene dedos largos y finos, y los brazos angostos, rulos, una serie de ondas que retienen un momento el fluír del cabello y en un instante se lo devuelven con fuerza y contundencia, como el agua de una catarata que se dispersara en el camino y luego volviese, toda junta, a caer al agujero de mis ojos.
Hace un mes que llevo observándola, desde que empezó –quién sabe con qué motivos- a frecuentar esta vieja y pequeña biblioteca de barrio. La primera vez, entró con paso decidido y antes que mi cerebro pudiese procesar el impacto que me estaba generando, se paró en frente, abrió su boca inquieta y me habló:
-Disculpe –dijo-. Ando buscando unos libros que anoté en esta lista –revolvió el bolso azul y arrugado que llevaba colgado del hombro derecho, y se escuchó un ruido lo bastante fuerte y molesto que al principio no supe reconocer, pero que identifiqué luego cuando levantó el manojo de llaves que se le habían caído-. Por algún lado debe estar –seguía revolviendo, ahora había metido todo el brazo en la boca del bolso. Yo le hubiese dicho que  perdiera todo lo que quisiera, que, en rigor, me encantan las mujeres desordenadas. Pero me quedé esperando que ella encontrara la lista-. Por algún lado. Mierda –dijo de pronto, y ví un fugaz destello brillante sobre sus ojos-. Mierda. Mierda. Mierda –repitió. La noté desencajada y bonita. Pálida y alta. Le dije que no se preocupara, que si se sentaba y buscaba bien ya lo iría a encontrar, y después levanté y bajé la palmo de la mano dos o tres veces, en al aire, y le susurré que disminuyera el tono voz. Traté de ser amable. Pero, en cuestión de mujeres, y de mujeres de ese estilo, es decir, en cuestión de verdaderas apariciones de Dios, soy un completo idiota, y creo que al menos en ese momento no le caí simpático. Entonces se me ocurrió decirle que, de todas maneras, sino encontraba lo que buscaba, le podía recomendar algo para leer para que no perdiera el tiempo. Su rostro cambió, y entonces percibí esa inmovilidad paradójica, inquietante, que a veces veo en ella, un temblor soterrado que amenaza con desvanecerla en el aire-. ¿Y qué me recomendás? –dijo, con cierto tono de desafío.  –Casarte conmigo –le dije. Un rubor súbito le invadió  las mejillas y bajó la mirada. Entonces, en un rápido reflejo, le alcancé un libro que tenía a mano, y que yo estaba leyendo. Lo puse sobre el mostrador (durante todo el rato nos separó el mostrador detrás del cual trabajo) y comenté: -Roberto Arlt. Cuentos.
Tomó el libro, dio media vuelta y se alejó hasta una de las mesas. Allí se sentó por horas a leerlo y yo la observé durante toda la tarde.
Pasaron dos semanas antes de que volviera, y yo ya me había olvidado, casi, de la situación, olvidado también de mi mismo en la vorágine diaria de las cosas cotidianas. Para llegar a la biblioteca, tengo que tomar el colectivo 53 hasta Puán y Rivadavia y una vez ahí bajar hasta la estación del subte de la línea A, que, en 9 de Julio, tiene combinación con la línea B, y entonces viajo dos estaciones y salgo finalmente a la altura de Corrientes y Uruguay. Todo el trayecto, si tengo suerte, lo hago en una hora y media. Trato de estar temprano, pero las noches en que escribo se me hace imposible; me acuesto a las tres, cuatro de la mañana, y pongo el despertador a las 8.AM, que luego, al despertar, a las 8.AM, lo cambio a las 8: 15, y a las 8:15 a las 8:30, lo que en general me retrasa por lo menos media hora. Todas las mañanas, esa especie de lucha fatigosa entre el sueño y el deber, que termina en una especie de acuerdo mutuo, no del todo feliz, de media hora de prórroga. Por lo menos en la biblioteca no tengo que fichar. Ultimamente, se suma una preocupación central. Hace mas o menos dos meses, recibí una llamada a las dos de la madrugada tras la cual escuché la voz temblorosa de mi madre, diciéndome que me amaba, y colgó. Devolví la llamada pero no atendió. Esa noche me tomé un taxi hasta su casa (hasta la que había sido mi casa de la infancia) y la encontré despierta. Hacía bastante tiempo que no la visitaba. Al ir llegando al barrio, me inundaban, poco a poco, algunas sensaciones indefinidas pero no del todo irreconocibles, una vaga melancolía que me hablaba de mis amigos de siempre, a los que por diversos motivos, no ví nunca más, o de esa nena rubia de quince o dieciséis años, de ojos color caramelo y brazos flaquitos, que me enseñó a decir y a sentir por primera vez que algo, en el mundo, valía la pena, Natalia, mi primer amor, a la que jamás olvidé. Sin duda, yo lo presentía cuando pulsé el timbre de mi antigua casa. Mi madre abrió enojada. Cómo iba a viajar hasta esas horas de la noche. Acaso estaba loco. Si al otro día tenía que ir a trabajar. No es nada mamá. Me preocupaste. Pero si no tenía necesidad de viajar hasta allá. Si ella estaba bien y sólo había llamado para ver cómo estaba y la comunicación se cortó y te conozco bien, algo querías decirme mamá, nada, saber cómo andabas y el llanto atragantado y mi abrazo desmedido, infinito, cerrado sobre su hombro, cubriéndola con mi cuerpo, como si hubiese querido protegerla de la muerte como de la lluvia.

Apareció dos semanas después y me solicitó el libro de Roberto Arlt. Sonreí, de alguna manera pensé que si le gustaba el libro eso decía que al menos una parte de mí, al menos la parte de mí que le recomendó el libro, no le desagradaba del todo. Sólo faltaba tiempo para que esa parte contagiara a las otras partes, y ella me aceptara entero. Aunque, la verdad, apenas la conocía. Aquél día, al irse, como al descuido, me dejó una nota sobre el mostrador. “Esther Primavera”. Esther Primavera es un cuento de Arlt en el que, un hombre tuberculoso, recluido en un hospital de moribundos, rememora continuamente a una mujer que conoció en su juventud, una mujer que pudo haber sido el amor de su vida, pero que no lo fue por razones deliberadas; el joven decide humillarla, alejarla de sí para siempre, y eso se da, paradójicamente, por el amor que siente por ella. Comprende que de ese modo quedará indeleble en el recuerdo, y que la verá siempre joven y esplendorosa, indemne de las enfermedades, de la decrepitud del cuerpo y del alma, del  implacable paso del tiempo. Triunfalmente, la memoria de Esther es el único alivio en sus días finales.
Arlt llega a un punto magistral en el que el amor y el odio se identifican y se hacen, casi, indiscernibles.
Luego de que me dejara la nota, siguió visitando la biblioteca, una vez por semana (una de ellas con aquellos dos hombres, el muchacho y el viejo, el hielo y el muelle) pero nunca me dijo más nada. Se sentaba sola, como ahora, a leer el libro y yo la miraba incansablemente.
***
Me acaban de informar que hay una llamada para mí. Deberé entrar en la pequeña oficina de la biblioteca y levantar el tubo. Me temo que oiré lo inevitable. También presiento, no sé bien por qué, que hoy es el último día que ella viene a la biblioteca.

martes 15 de noviembre de 2011

UNA CHICA CON RULOS



Somos un desprendimiento del semen de Dios. Como dios estaba solo, lo único que podía hacer era hacerse la paja -dice Gonzalo, mientras le da una pitada larga y concentrada al cigarrillo, como si se imaginara muy interesante y sensual frente a una auditoría femenina inexistente.
 “El rock es la mitificación de los puros sentimientos del hombre” dice García, en la entrevista que estamos escuchando. Una entrevista vieja y demoledora. Un cerebro arrollador –el de García- que de tan rápido que va da miedo.
-García debió morir de miedo con todo eso –digo-. Un tipo no puede vivir las 24 horas así.
Las frases que escuchamos son rápidas y cortas, sucediéndose de a miles, como si el cerebro de García fuese esos videoclips llenos de ruido y de furia que ahora cualquier boludo hace en Mtv, o como clics de una cámara fotográfica puesta en automático y en funcionamiento indefinido.
-Es todo lo que quisimos ser –digo-.
-¿Qué? ¿Quién? –dice Gonzalo-.
-Garcia –repito-. García.
Gonzalo suspira y se levanta, comienza a deambular por mi pieza, se detiene en los libros y los mira, después se acerca despacio a la ventana, y mira, sólo mira.
Sigue con Dios.
-Dios –dice, y calla.
“la mitificación de los puros sentimientos del hombre” por eso el rock no es arte, es mucho más que arte, “el arte es la mitificación de la belleza” y el rock le responde con “la mitificación de los puros sentimientos del hombre”.
Una rubia delgada que sale en televisión llena de gracia, culo y tetas, es irreal, es inalcanzable, lo mismo pasa con la mona lisa, dice Garcia, la mona lisa no me dice nada “¿Eso es arte?” Se pregunta.
Prefiere algo real, a una mitificación insensible.
¿Pero como responderle a una mentira tan poderosa?
¿Cómo oponerse a toda una historia de monas lisas?
-O rayadas –dice Gonzalo para mí sorpresa, ya que imaginaba estar pensando y no hablando –es decir, pensando en silencio-.
-Rayadas o lisas, digo yo. Siempre la cuestión es la misma. Siempre son monas disfrazadas.
-¿Qué cosa?
-La historia. O digamos. La, historia –y esto lo digo en voz alta y acentuando el artículo, como si dijera la palabra Historia, así, en mayúsculas-. La Historia. La verdad. La filosofía. La ciencia. La, la, la.
-Todas monas rayadas –dice Gonzalo-.
-O lisas –agrego y completo.
-Con rock–le digo, un poco para sacarlo de esa inmovilidad y ese aire un tanto retraído que adoptó desde que llegó a mi departamento-. Se puede responder con rock. Se puede responder con la mitificación, no de la belleza, sino de la fealdad cotidiana del hombre común –de todas sus angustias y desencantos-. 
Gonzalo es un buen amigo. Compartimos la misma soledad y los mismos gustos, y nunca me dice nada –ni le molesta, quizás hasta le guste, el desorden general de esta casa. Pero en ocasiones hay que sacarlo del silencio.
-Dios es un concepto por el que medimos nuestro dolor –dice, finalmente, citando a Lennon-. Dios es la mitificación del dolor.
-¿Dios es rock? –bromeo-.
-En algún momento lo habrá sido –responde-.
-Cuando iba a la facultad de filosofía, estaba lleno de tipos que eran la nada. Se creían importantes repitiendo cosas inteligentes. Y vivían en la inteligencia, permanentemente en la inteligencia. Eran la mitificación de la inteligencia. Se decían “intelectuales” -dice Gonzalo-. Yo también creía que lo era. Y una vez me enamoré de una chica, Juana. Juana tenía rulos y era la cosa más linda que había visto -Gonzalo siempre hablaba de mujeres con rulos. Le encantaban. Imaginaba que sacaba a colación a la tal Juana con el sólo propósito de hablar de una mujer con rulos- estaba sentada en el patio de la facultad, ahí afuera, sola, ni leyendo ni hablando. Cada tanto miraba en dirección a la puerta de entrada, como si esperara a alguien, y se acomodaba el pelo atrás de las orejas. Era pálida y alta. Y era tan fina, tan delicada, que parecía que iba a romperse. Me acerqué y le pregunté cómo se llamaba, Juana, me dijo, y me puso tan nervioso que bajé la cabeza y le miré las manos –unas manos con dos anillos negros en unos dedos blanquísimos y largos- y lo único que se me ocurrió –además de tartamudear- fue pedirle fuego.
No tenía. No fumaba.
A ella le habrá parecido raro que un extraño le preguntara primero el nombre para pedirle fuego, y soltó como una risa piadosa.
Después, dijo:
-¿Por qué tenés esa cara de boludo?
-Esa chica sabía de lo que hablaba –digo-.
-Todo lo que quieras –dice Gonzalo- pero la sorpresa fue lo siguiente; así, sin más, se paró y me miró a los ojos, una mirada fuerte, inaguantable, llena de amor. Entonces yo entendí.
-¿Qué cosa?
-No lo sé, pero esa tarde me fui a llorar a la esquina, y al otro día ya no fui más a la facultad. Me quedé con esto.  Con esto –repite Gonzalo, y aprieta un puño contra el pecho-.
-Y ¿Juana? –pregunto-.
-A Juana no la ví más, pero en esos ojos viví toda la vida con ella, tuvimos sexo, hijos, y morimos juntos, envejecidos en el mismo lecho.
-Es sólo una chica con rulos –digo-. Otra más, de las tantas. Demasiada cursilería –digo-.
-Una mitificación –dice Gonzalo-. Pero una de verdad, la de mi soledad y mi ilusión. No había grandes nombres. No había Kant, ni Hegel, ni ningún enfermo de esos.
-Una chica que podía romperse en cualquier momento –digo, para acompañarlo un poco-. A mí también me gustan ese tipo de chicas.

domingo 9 de octubre de 2011

APUNTES SOBRE LA FE



La fe no mueve montañas, las montañas, en cambio, suelen mover a la fe; todo lo colosal, lo sublime, lo que roza y desliza, también, es decir, incluso, lo pequeño, es capaz de mover a la fe. La fe es cuando escucho a García y a Luis. O si leo a Arlt, a Felisberto, al gran Mario o si estoy triste y me creo la cosa menos importante del mundo o tomo algún vaso de vino y la vida se vuelve leve y esponjosa, suave y cierta a la vez, como en un apenas sueño, o si raramente bailo, o si por lo menos alguna vez, por lo menos alguna puta vez alguien me nombra por mi nombre del alma que no conozco y solo sé reconocer en bocas ajenas cuando lo pronuncian, o si la plaza aquella lejana -como pueden ser lejanos los años, al estilo de calles que se prolongan al infinito- en la que me hundí en un pelo rubio lleno de futuro y un aroma a cosa nueva, a frágil, a ciertas plantas que crecen en un remoto planeta del espacio, y que, tímidas, y como viendo que han nacido, que han realizado esa proeza entre kilómetros y kilómetros de nada, gritan, en silencio, algo, o si las palabras, las ideas, las muertes jóvenes de este país y los sábados y domingos del fútbol con amigos imberbes como yo en la época en que lo era, o si mi madre y el tiempo del olor a goma de borrar nueva y las zapatillas que gastaba incansablemente en caminos que no buscaban ir a ningún lugar ni concreto ni definido.

miércoles 5 de octubre de 2011

FRAGMENTO DE UNA POSIBLE NOVELA.


No tardaba en comprender que Luna era yo mismo pero en otra dimensión distinta. Lo supe más claro cuando dí con Laura y sus padres me consiguieron un empleo en la Oficina Pública de la ciudad. Allí tenía que manipular diaramente papeles y trabar con asuntos de una extrema y perezosa burocracia que eran, sin embargo, vitales para el funcionamiento de muchas cosas. Cosas de leyes y abogados y bancos y dinero, problemas a resolverse de la manera más lenta y más complicada, sin embargo la única posible. Allí aprendí que los hombres han inventado todo un idioma para preservarse de sí mismos, para contar con un árbitro objetivo en caso de contiendas intestinas, que se avienen irresolubles, y no obstante, los hombres han quedado presos de ese lenguaje, y ese lenguaje es el único que hablan, y el único que entienden. Han hecho un esfuerzo tan desmedido en la preservación, que luego no tenían de qué preservarse.

Por eso allí, en la soledad de los papeles de la Oficina, entendí finalmente la importancia de una vida como la de Luna. Una vida que todos despreciaban. Pobre. Sucio. A medias linyera. Sensible. Esquivo de los lugares comunes –espaciales y no- él cultivaba sin embargo otra lengua. Una lengua libre de esa lengua que todos nos hemos creado a la vez como cárcel y beneficio. La lengua verdadera y salvaje que surge como grito del alma –un alma abandonada a un idioma que desconoce, como un turista perdido en tierras lejanas-.