Con ella, la cosa es bastante difícil. Todo lo contrario a como la ve la gente; no es simpática ni fácil, ni compañera, sino histérica y peleadora, pero eso sí, irresistiblemente hermosa. El otro día, mientras hacíamos juntos las compras, yo cargando una bolsa roja y verde, porque a ella le gustan las rojas y verdes y, cada vez que observa algún otro color en su bolsa, se pone a gritar y a tirarse de los pelos, nos topamos con un elefante. No era un elefante grande, sino enanito, con una trompa y una cabeza pequeñas; me llegaba a la altura de las rodillas. El elefante, ululaba. Era raro, porque no hacía ruido de elefante, sino de paloma o de animales por el estilo. Y se ponía loco, frenético, como si estuviese en celo, rozándose contra la rodilla de ella, que, sin dudarlo, comenzó a acariciarlo y rápidamente tuve que resignarme a llevarlo a nuestra casa, y comenzar a convivir con un elefante. Pocholo, le pusimos, pocholito, fuimos diciéndole con el tiempo, y decidimos buscarle una novia, porque era notorio la falta que le hacía, pero a pesar de haber ido a zoológicos, y a la selva algunas veces, no encontramos ninguna elefanta enana. Yo sé que es algo muy común adoptar un elefante enano, y que hoy en día no hay familia que no tenga uno en los fondos de la casa, comiendo apaciblemente su manojo de maníes, pero yo, lamentablemente, nunca pude soportarlos. Creo que mi reticencia a tales bestias, tiernas e inofensivas, y según dicen, los mejores amigos del hombre, se debe a una experiencia traumática en mis años primeros; yo leí, en un libro escondido de mi abuelo, una historia acerca de un mundo mágico, allí no había elefantes enanos y por el contrario otro tipo de especies, fantásticas, lo habitaban. Imagínese lo que ha sido para mí mentalidad infantil, enterarme de la existencia, imaginaria o no, pero existencia al fin, de monstruos mitológicos tales como los perros o los gatos, nombres terribles y enigmáticos.
Pero mi problema es grave; este elefante que encontramos a unas pocas cuadras de mi casa es demasiado idiota; no sabe masticar, ni caminar, ni utilizar su trompa, todo tenemos que hacerlo por él, ahí va en busca de un par de maníes y nos vemos obligados a alcanzárselo y llevárselo a la boca, ahí va en busca de un árbol para hacer sus necesidades, y no hay más remedio que levantarle una pata. Es demasiado molesto, la chica de las ventanitas a los costados de los ojos, nos dijo que era un Celestius Especialis, que quiere decir, según dijo ella: Animal loco infradotado que arruina la vida de las gentes, el caso es que, ésta clase de animal, es de difícil tratamiento, porque posee una resina invisible que se activa y riega por los aires cada vez que mueve sus ojitos o se frota contra alguno de nosotros, o llama con voz suave, por las noches, al costado de la cama; es irresistible, imposible casi, dijo la chica con ventanitas a los costados de los ojos, de abandonar. Pero a todo esto se añade, justamente, la personalidad complicada de mi esposa, que al parecer es más susceptible a los efectos de la resina, ya que, cada vez que discutimos el tema, ella se toma de los pelos y comienza a gritar palabras incomprensibles, una, dos, tres horas, durante las cuales no tengo más opción que poner cuidadosamente unos algodoncitos en mis oídos, y tratar de borrarme del presente, de este mundo, y de todo lo conocido, incluyéndome a mi y a mis otras facetas.
Cómo me gustaría acribillar a ese Celestius; levantarme sigilosamente por la noche, después, por supuesto, de haber drogado impunemente a mi esposa, tomar la ametralladora, correr loco, excitado, místico, furioso, hasta el patio, y matarlo, muchas veces, para que no queden dudas. Pero no crean que no lo intenté; a pesar de ser un Celestius, o quizá precisamente por eso, está muy bien adaptado en cuestiones de autodefensa y reacciona con la única arma que el mundo le ha otorgado a su favor; su resina. Yo me acerqué, tratando de disimular mi emoción y aún de callar la ansiedad de mis dientes, que, impacientes, se chocaban unos con otros; y asegurándome que estuviese dormido, empuñé mi arma en dirección hacia donde reposaba, respirando despacio y plácidamente, y gatillé, en realidad, casi gatillé, porque ni bien mi dedo comenzaba a presionar el disparador, noté que se retraía, como si en el momento se hubiese arrepentido. Lo vi ahí, tan enano y tan elefante, sus párpados gruesos, sus orejas redondas, casi perfectas, cayéndole encima de las mejillas, y el puñadito de maníes a medio comer, y supe que era inevitable; el animal me había atrapado con su resina.
Consulté, ciertamente, algunos abogados, quienes me informaron de las figuras procesuales que, desde hacía tiempo, ya se habían establecido para casos de asesinos de elefantes enanos, sobretodo con agravantes si la víctima resultaba ser de la variedad Celestius. Hace un tiempo, me decían los abogados, si usted deseaba eliminar uno de estos animales, nadie se escandalizaba, y probablemente ejecutaría su propósito en medio de una indiferencia general, pero ahora, señor, ahora es muy distinto; prácticamente no hay un solo hombre que no posea una de esas bestias, incluso, todos los presidentes tienen uno; hay quienes los postulan como ejes de su campaña electoral y está muy bien visto presentarse a elecciones acompañado de un elefante, enano preferentemente, y sonreír y sacarse fotos a su lado.
Por todas esas razones y porque me creían un ser despreciable, dejé de consultar abogados; hubo muchos que se negaron a defenderme en los tribunales; un violador, puede ser, un estafador, un corrupto, son cosas que contempla la naturaleza humana, pero un asesino de elefantes, y más aún, de un Celestius Especialis, es una de las aberraciones más monstruosas que en esta profesión pueden oírse, me decían casi todos, por no decir que literalmente todos y cada uno de los abogados. Entre tanto, mi Celestius seguía creciendo, claro que crecer en este caso no tiene un significado corporal, porque siempre mantenía el mismo tamaño, sino que quiero decir que el Celestius era cada vez más Celestius, más Especialis que nunca.
Poco a poco, fui tratando de evitar a mi elefante, olvidarlo, ocuparme en otra cosa, y durante dos meses me interné en un barco ballenero japonés, para vivir nuevas aventuras, y así, curarme de la obsesión y la molestia que ese mamífero me causaba, pero todo fue inútil; un día mi esposa llamó, loca, diciendo barbaridades, se suicidaría, se pegaría un tiro, sino regresaba a casa y la ayudaba a cuidar al Celestius.Tenés que venir, me decía, Pocholo está creciendo y te necesita. Pocholo no puede comer, ni dormir. Pocholo te extraña, me decía mi rematada esposa. Al diablo con el elefante, cuando regresé de mi expedición en el barco ballenero, eran las tres de la mañana, toqué el timbre, y como nadie abría, utilicé la llave, llamé a mi esposa, pero nadie me contestaba, dejé las valijas sobre la mesa de la cocina, y me dirigí hacia nuestra habitación; mi esposa dormía enroscada al elefante, que, también dormido, posaba su cabeza sobre el abdomen de ella; se sobresaltaron, mi esposa se cubrió con la sábana, e intentaba alejarme con insultos, pues al parecer creyó que era un ladrón, pero al minuto se dio cuenta que se trataba de mí, de su querido esposo, y me dijo: ¿Por qué no avisaste? ¿Por qué no me dijiste que ibas a venir hoy? Pocholo se había despertado, y me miraba con los ojitos entornados, y con el entrecejo fruncido. Sentí que había hecho algo malo, y esa noche dormí en el patio.
Probé entonces, con algo que yo nunca hubiese querido; ir al psicólogo. Fui a cinco o seis. El primero se llamaba Amartya Cáceres. Nombre extraño, pensé, pero inmediatamente se me hizo la idea que así deberían llamarse todos los psicólogos; siempre tuve la idea que si ellos pueden curar a un enfermo, es porque, de algún manera, como pasa con las vacunas, en la facultad, o dondequiera que hubieren realizado sus estudios, les incubaron la enfermedad, y así también, muchos, están completamente de remate. Y recuerdo que pensé, no sin cierto orgullo tonto, un lugar común, una frase gastada, pero que en aquél instante me pareció digna de un genio: un psicólogo es un loco con título universitario, un departamento, seguro jubilatorio, y algunas buenas vestimentas. Precisamente, pensé: ¿Cómo podría la ciencia conocer si en algún punto no fuese ignorante? ¿Cómo iba un psicólogo a tratar un demente si en algún punto, el también, no fuese un demente más? Y así me fui emocionando con mis propias ideas, hasta llegar a creer que esa lógica contradictoria gobernaba todos los actos de la vida; si yo quiero matar a mi elefante –reflexionaba- es porque lo amo, sino me importara, lo dejaría vivir tranquilo. No dudé en revelarles estos pensamientos a mis sucesivos psicólogos, quienes, la mayoría, me dieron de alta al primer día, declarándose incompetentes para lidiar conmigo, y advirtiéndome, en algunos casos, que me denunciarían a la policía por mi “asquerosa” intención de asesinar a un elefante enano.
Los psicológos y los abogados, fueron abandonándome, y yo imaginé que si tanto unos como otros llegaban a la misma conclusión, esto es, que no deberían ayudarme, era porque en algún punto, aquellas dos profesiones compartían más de un aspecto en común; lo que nos parece tan abstracto y lejano, los mecanismos que rigen la sociedad entera, se ponen sin embargo de manifiesto cuando uno experimenta una prohibición; en ocasiones aquella prohibición que se da en un ámbito, en una de las esferas de la maquinaria en la que vivimos, se repite luego hacia otras esferas distintas, y entonces uno se da cuenta, con terror, que ha vivido ciego y sordo en un vértigo implacable, y que todas las acciones que ha ejecutado no son propias, sino siempre de otros, que estipulan al detalle los ritos de la vida, lo que hay que llevar, lo que hay que vestir, lo debe pensarse. Si en pleno día, decido sin más, bajarme la bragueta y en medio de las caras sorprendidas de aquellos que pasan por la avenida, saco el miembro destellante a la luz del sol, y me pongo a mear, entonces una señora se pondrá a gritar, y algún otro llamará a un policía; es claro, está prohibido hacer aquello en ese lugar. También pasaría lo mismo si quiero mear en el consultorio, del médico, del psicólogo, y en la oficina del abogado; toda la maquinaria social se conecta a través de una serie de prohibiciones, y son estas, la que definen el parentesco entre unas y otras esferas; comenzamos entender a una comunidad cuando percibimos qué es lo que, unánimente, prohíbe, excluye, segrega.
Pues bien, yo quería matar a un elefante enano, y no hallaba espacio alguno en que pudiese apoyarme ¿Dónde debía recurrir entonces? Probé con mis amigos; otro caso perdido, todos estaban embobados con los elefantes enanos, en vez de preguntar por mis asuntos, y más no sea por cortesía, acerca de mi esposa, las conversaciones versaban invariablemente sobre aquellos mamíferos, a ver quién lo tenía más grande, quién de un color más opaco o brillante, quién de una piel más tersa, etc. Mis amigos comenzaron a aburrirme, y un día que insinué la posibilidad de que aquél tema podía ser francamente un bodrio, me insultaron y me recomendaron seriamente un psicólogo. Los amigos me mandaban al psicólogo, los psicólogos a mis amigos, y así era rebotar, por culpa de aquél Celestius, de un lado a otro, sin sentido. Creí que finalmente me internarían en un psiquiátrico. Yo no estaba loco. Ellos estaban locos. Pero yo no podía decir nada; si en una isla abandonada naufragan cinco hombres, de los cuales cuatro están locos, y hay único cuerdo, entonces tiene pleno sentido, que, al menos en aquella isla, la situación sea completamente al revés, con cinco cuerdos y un solo loco.
Traté de conectarme con otras personas que estuviesen en mi situación; que odiaran, tanto como yo, a esos elefantes que, como por grados, habían llegado a gobernar las voluntades humanas, pero no hallé a ninguno. Sólo una vieja, en una plaza perdida, a la que consulté el tarot, me dijo: No pienses en elefantes. Por supuesto, lo único que en ese momento ocupó mi cabeza fue un elefante, y entonces comprendí; ese animal de mi mente era imaginario, pero eso no lo convertía en fantasmagoría, basta que declaremos una cosa como inexistente, para que ésta, por ese mismo acto, devenga real; la posibilidad es la única realidad. Los elefantes fueron invadiendo las calles, los bares, incorporándose a los núcleos familiares, asaltándolo todo, alguien podría decir que esto que estoy contando es ficticio, y sin embargo, pudo ser dicho, y escrito y pensado, y bien sabemos que eso mismo quiere decir otra cosa, que no importa cómo, los elefantes enanos son reales, y que yo estoy diciendo la verdad, aunque esté diciendo una mentira. Comprendí, con resignación, y no sin cierta tristeza, mi tragedia; los elefantes son indestructibles.
El pacto de la moneda
Hace 6 horas


3 comentarios:
Ahora logro interpretarte Sr. Nicolás.
Y eso que soy fotógrafo, pero tan someramente.
Ahora comprendo, la foto y el Tanatos.
La foto y la muerte.
Me llegó el tiempomuerto a mí.
Santiago
esfera.de.pascal@hotmail.com
como quien dice: "vi luz y entre"
llegue salpicando.
me gusto!!!muy bueno.
cuantos elefantes tiene uno, verdad???
mas de una vez crei enloquecer..
saludos.
Paula.
Paula: el viejo ciego decía que no hay objeto en el mundo que no sea peligroso para el hombre; sólo basta con que no pueda olvidarlo.
Pasá siempre que quieras y comentá lo que quieras. El lugar es tuyo.
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